"¡Dios lo quiere!": La Chispa
En 1095, el emperador bizantino Alejo I envió una súplica desesperada a Occidente pidiendo ayuda contra los invasores turcos selyúcidas. El Papa Urbano II respondió con un sermón que cambió la historia en el Concilio de Clermont.
Hizo un llamado a los caballeros de Europa para que dejaran de luchar entre sí y volvieran sus espadas hacia los "infieles" en el Este para recuperar Jerusalén. La multitud estalló con gritos de "¡Deus Vult!" ("¡Dios lo quiere!").
La respuesta fue abrumadora. Campesinos, príncipes y caballeros por igual cosieron cruces rojas en sus túnicas —la palabra "cruzada" proviene del latín crux (cruz). Creían que morir en esta guerra santa otorgaba una indulgencia plenaria: el perdón inmediato de todos los pecados y un boleto al Cielo.